• Una noche en el lobo

    “¿Te has traído la mantelería de casa?, lástima que este año no demos bocadillos.”
    Esto fue lo primero que oí al llegar al plató de “Que viene el lobo”, estaréis conmigo en que no es la mejor forma de debutar como público en un programa de televisión.
    Durante el tiempo que me costó digerir el recibimiento, estuve pensando en reventar el programa, tenía varios puntos a favor:
    1 Había poca gente
    2 La gente del programa andaba despistada (supongo que por ser el último programa de la semana)
    3 Los 30 segundos de fama los tenía asegurados.
    Opté por no hacerlo por varios motivos:
    1 No me gusta la violencia, como Gandhi, pero del Ebro
    2 No iba a pegarme con Javi El Mago, si hubiese sido Tamariz aún
    3 No quería dar más motivos a mis padres para que me desheredasen, por si acaso no lo están pensando ya.

    El programa en sí fue un poco fiasco: Joan Tena (OT2) cantando en acústico, por aquello de dar sensación de ser un artista de verdad supongo, con club de fans y todo, ahora entiendo a los artistas de verdad ( Sabina y tal) cuando critican a estos niñatos, un decorado medio gore que amenazaba con venirse abajo, un tipo gordo empeñado en sentarse a mi lado, y completar en media hora un puzzle de 4000 piezas (luego sólo colocó 3), un botellín de agua del tiempo que nos sirvió para refrescarnos un poco,¿ es necesario que los focos den tanto calor? y un freak brasileño que estuvo todo el número debajo de una manta intentando sacar un candelabro(!!!), por cierto no lo vimos porque había grabado su espectáculo aquella tarde.

    P.D: Visto lo visto,la tele tiene más de caja tonta que de instrumento educativo, que diría Urdaci después de leer el comunicado de un juez y decir CC.OO. (nunca unas siglas estuvieron tan bien deletreadas)

  • Un día en la Vuelta

    ¿Es verdad que Mel Gibson es del Opus? . La pregunta se la hacía una señora que pretendía hacerse la enrollada a un australiano casado en Ordizia. No puedo decir que el resto del viaje mejorara lo anterior. La ínclita señora en cuestión se empeñó en hacernos inolvidable el trayecto tratando de asomarse al exterior del coche por el techo abierto, confiando en las virtudes revitalizadoras del cierzo para un cutis ya irrecuperable por las arrugas y las sucesivas cirugías. Después trató de hacerse pasar por periodista deportiva, cuando sentenció que el hijo predilecto de Biescas se llamaba Santiago y era de Zaragoza (me estoy refiriendo a Escartín, claro). Más tarde llegó como diría esa loca de Boris en Crónicas Marcianas, descanse en paz Ray Bradbury, el momento ligoteo de esa incansable señora con el resto de ocupantes del coche de sexo masculino. Acabado el trayecto, insistió en conocer a una persona a la que ni corta ni perezosa plantificó dos besos Epilady. Al darse la vuelta el asaltado para corresponder a señora tan efusiva ¡era Marcial de “Médico de familia”! que se sumaba a la lista de damnificados por ese huracán llamado Alicia y su país de las maravillas .Casi se me olvida, esta experiencia extrasensorial la vivimos durante mi visita a una etapa de la Vuelta Ciclista a España dentro de un coche de la organización.

    P.D.
    Perdonadme pero después de lo que os he contado, he olvidado el nombre del corredor al que seguíamos con el coche.

  • La ciudad de los pasos perdidos

    Me llamo Rashid, tengo quince años y soy iraquí. Sé que en estos momentos no es decir

    mucho pero es lo que hay. Esta mañana una bomba ha destrozado mi casa. Mi familia y

    yo nos estábamos preparando para acudir al refugio, justo antes de las doce de la

    mañana, hora en la que las sirenas comienzan a ulular por toda la ciudad. Son sirenas

    que nos avisan del peligro. Es muy curiosa la disciplina que el miedo impone a las

    personas. Dónde normalmente habría carreras, gritos e histeria se impone una calma

    metódica y calculada a fuerza de la costumbre.

    Mi madre estaba preparando bocadillos de kebab para todos nosotros cuando una

    espantosa explosión nos ha sacudido el cuerpo y la conciencia. Mi padre, mis hermanos

    y yo nos preparábamos para otra intensa sesión de patriotismo a través de televisión.

    Nuestro presidente nos hablaría de la segura victoria en la lucha contra el infiel con la

    ayuda de Dios. Los que sufríamos el sobresalto de las bombas, que siempre nos cogían

    desprevenidos, las llamadas al refugio cuatro o cinco veces al día, sabíamos que para

    Dios había dos tipos de iraquíes: los poderosos, que podían pagarse un búnker donde

    reírse de los destrozos de las bombas, y los pobres que con suerte podríamos esbozar

    una tímida sonrisa si una bomba se olvidaba de nosotros, con la esperanza de que fuera

    para siempre pero sabiendo que habría más bombas.

    Mi padre es maestro de escuela en Basora donde vivimos, como él dice la ciudad de los

    pasos perdidos, ya que el que sale de ella ya no vuelve y no se sabe dónde va, es como

    si se lo tragara la tierra. La historia de mi familia está plagada de gente que se marchó

    en busca de nuevas oportunidades o por necesidad como ahora, con la promesa de dar

    noticias en cuanto se instalara en otro sitio, pero eso nunca ocurría sin que hubiera razón

    para ello. Se decía que esto era así porque la gente que hacía fortuna en otro sitio

    renegaba muy pronto de sus orígenes, huían rápidamente, esperando poder borrar sus

    recuerdos cuanto antes. Ahora era una situación que se daba muchísimo,

    cada día familias enteras cogían sus cosas y abandonaban su vida sin mirar atrás con un

    velo de lluvia en los ojos. La ciudad era un fantasma sobresaltado por el manto de

    bombas que la cubrían. Mi familia había decidido quedarse después de muchas

    discusiones, porque el castillo que habita el fantasma necesita cuidados en ausencia

    de otros inquilinos. Mis hermanos pequeños se tomaron la decisión con alegría. Para

    ellos, salir de Basora hubiese sido un trauma , no conocían otra cosa, pero para mí

    suponía afrontar una realidad de desolación y derrota. Yo quería irme de aquí para no

    servir de carnaza a los telediarios occidentales de las tres de la tarde. No quería que mi

    cadáver sirviera de postre a un ejecutivo del otro lado del mundo que viera mi cuerpo

    mutilado entre cotización y cotización de bolsa. Para mí, salir de Basora era promesa de

    un futuro, que quedándome se me negaba.

    Mi padre ,Ismael, era un hombre interesante, así lo definió mi madre cuando lo conoció

    en una tetería de Bagdad hace más de veinte años. Tenía ese aire bohemio y la mirada

    distraída y atormentada de quién con dieciocho años lo ha vivido todo en esta vida, que

    a mi madre, Sara, le recordaba al Paul Newman de” La gata sobre el tejado de zinc”.

    Para entonces ya sabía sin saber que quería a mi madre y que de una forma o de otra

    quería consagrar su vida a los libros. Se hizo maestro por vocación con la convicción de

    que los libros hacían a la gente más libre, se esforzaría por enseñar para que los jóvenes

    no cayeran en otra guerra como la que entonces nos desangraba a nosotros y a nuestros

    vecinos iraníes.

    Ahora, cuando echaba la vista atrás, se daba cuenta con tristeza de la ingenuidad de sus

    proyectos de futuro. Se culpaba amargamente de no haber podido legar un futuro mejor

    a sus hijos. Caminaba como un zombi por nuestra casa, mascullando frases ininteligi-

    bles, mientras masticaba una hoja de romero. Dos meses antes de comenzar la guerra

    pidió la excedencia como maestro con la excusa de que en los tiempos difíciles que se

    avecinaban lo que correspondía a un padre era compartir esos momentos con su familia,

    pero nosotros sabíamos que la sombra de la culpa en forma de depresión se había

    apoderado de su conciencia.

    Saúl nuestro vecino trataba de animarlo sin conseguirlo, y así lo había intentado

    esta mañana cuando la bomba los sacó de sus disputas.

    Por cierto se me olvidaba, la bomba lo ha arrasado todo y por fin se han cumplido los

    presagios más funestos. Hoy he muerto y lo que más me entristece de todo es que no

    ha quedado nadie para llorarme.

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