Me llamo Rashid, tengo quince años y soy iraquí. Sé que en estos momentos no es decir
mucho pero es lo que hay. Esta mañana una bomba ha destrozado mi casa. Mi familia y
yo nos estábamos preparando para acudir al refugio, justo antes de las doce de la
mañana, hora en la que las sirenas comienzan a ulular por toda la ciudad. Son sirenas
que nos avisan del peligro. Es muy curiosa la disciplina que el miedo impone a las
personas. Dónde normalmente habría carreras, gritos e histeria se impone una calma
metódica y calculada a fuerza de la costumbre.
Mi madre estaba preparando bocadillos de kebab para todos nosotros cuando una
espantosa explosión nos ha sacudido el cuerpo y la conciencia. Mi padre, mis hermanos
y yo nos preparábamos para otra intensa sesión de patriotismo a través de televisión.
Nuestro presidente nos hablaría de la segura victoria en la lucha contra el infiel con la
ayuda de Dios. Los que sufríamos el sobresalto de las bombas, que siempre nos cogían
desprevenidos, las llamadas al refugio cuatro o cinco veces al día, sabíamos que para
Dios había dos tipos de iraquíes: los poderosos, que podían pagarse un búnker donde
reírse de los destrozos de las bombas, y los pobres que con suerte podríamos esbozar
una tímida sonrisa si una bomba se olvidaba de nosotros, con la esperanza de que fuera
para siempre pero sabiendo que habría más bombas.
Mi padre es maestro de escuela en Basora donde vivimos, como él dice la ciudad de los
pasos perdidos, ya que el que sale de ella ya no vuelve y no se sabe dónde va, es como
si se lo tragara la tierra. La historia de mi familia está plagada de gente que se marchó
en busca de nuevas oportunidades o por necesidad como ahora, con la promesa de dar
noticias en cuanto se instalara en otro sitio, pero eso nunca ocurría sin que hubiera razón
para ello. Se decía que esto era así porque la gente que hacía fortuna en otro sitio
renegaba muy pronto de sus orígenes, huían rápidamente, esperando poder borrar sus
recuerdos cuanto antes. Ahora era una situación que se daba muchísimo,
cada día familias enteras cogían sus cosas y abandonaban su vida sin mirar atrás con un
velo de lluvia en los ojos. La ciudad era un fantasma sobresaltado por el manto de
bombas que la cubrían. Mi familia había decidido quedarse después de muchas
discusiones, porque el castillo que habita el fantasma necesita cuidados en ausencia
de otros inquilinos. Mis hermanos pequeños se tomaron la decisión con alegría. Para
ellos, salir de Basora hubiese sido un trauma , no conocían otra cosa, pero para mí
suponía afrontar una realidad de desolación y derrota. Yo quería irme de aquí para no
servir de carnaza a los telediarios occidentales de las tres de la tarde. No quería que mi
cadáver sirviera de postre a un ejecutivo del otro lado del mundo que viera mi cuerpo
mutilado entre cotización y cotización de bolsa. Para mí, salir de Basora era promesa de
un futuro, que quedándome se me negaba.
Mi padre ,Ismael, era un hombre interesante, así lo definió mi madre cuando lo conoció
en una tetería de Bagdad hace más de veinte años. Tenía ese aire bohemio y la mirada
distraída y atormentada de quién con dieciocho años lo ha vivido todo en esta vida, que
a mi madre, Sara, le recordaba al Paul Newman de” La gata sobre el tejado de zinc”.
Para entonces ya sabía sin saber que quería a mi madre y que de una forma o de otra
quería consagrar su vida a los libros. Se hizo maestro por vocación con la convicción de
que los libros hacían a la gente más libre, se esforzaría por enseñar para que los jóvenes
no cayeran en otra guerra como la que entonces nos desangraba a nosotros y a nuestros
vecinos iraníes.
Ahora, cuando echaba la vista atrás, se daba cuenta con tristeza de la ingenuidad de sus
proyectos de futuro. Se culpaba amargamente de no haber podido legar un futuro mejor
a sus hijos. Caminaba como un zombi por nuestra casa, mascullando frases ininteligi-
bles, mientras masticaba una hoja de romero. Dos meses antes de comenzar la guerra
pidió la excedencia como maestro con la excusa de que en los tiempos difíciles que se
avecinaban lo que correspondía a un padre era compartir esos momentos con su familia,
pero nosotros sabíamos que la sombra de la culpa en forma de depresión se había
apoderado de su conciencia.
Saúl nuestro vecino trataba de animarlo sin conseguirlo, y así lo había intentado
esta mañana cuando la bomba los sacó de sus disputas.
Por cierto se me olvidaba, la bomba lo ha arrasado todo y por fin se han cumplido los
presagios más funestos. Hoy he muerto y lo que más me entristece de todo es que no
ha quedado nadie para llorarme.